About this tour
Un recorrido largo por el centro de Bogotá con Efraín, «el Zurdo», que se pasó cuarenta años cubriendo estas cuadras para un periódico y casi siempre estuvo en el peor día de cada sitio. Quince paradas bajando la Séptima: el Museo del Oro y la mentira de El Dorado, la esquina donde mataron a Gaitán y la ciudad se incendió, un río enterrado bajo la Avenida Jiménez, el florero que a lo mejor no es el florero, un reloj parado en las cuatro y treinta y dos, el Palacio de Justicia, y el Chorro de Quevedo con una chicha en la mano. Se come y se bebe todo el camino: chocolate con queso, tamal santafereño, ajiaco, tinto de carrito y cerveza. Efraín tiene una sola regla y la dice en voz alta cada vez: hay lo que vio, lo que le contaron y lo que se probó, y no son la misma cosa. Unos 3 km, a 2.640 metros de altura y cuesta arriba al final. Dos horas y cuarto si solo camina; cuatro o cinco si lo hace como Efraín le dice, entrando a los museos y parando a comer.
Stops on this tour
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Iglesia de Las Nieves
La séptima que hoy es peatonal fue, antes de cualquier trazado español, un camino indígena: la ruta que los muiscas usaban para bajar desde Usaquén y subir hacia las salinas de Zipaquirá, conocida en las fuentes como camino de la sal o camino de Tunja. Los colonizadores no abrieron una calle nueva; heredaron ese trazado y lo bautizaron Calle Real, el nombre reservado para la vía más prestigiosa de una ciudad colonial. Esa Calle Real, cruzada por la Calle 11, unía los dos polos fundacionales de Santafé: la Plaza de las Hierbas, hoy Parque Santander, donde se comerciaba, y la Plaza Mayor, hoy Plaza de Bolívar, donde se gobernaba. Caminar hacia el sur desde aquí es, literalmente, seguir ese eje de casi cinco siglos. Conviene tener presente, desde esta primera cuadra, que ningún documento de la época fija con precisión el día exacto en que nació la ciudad: la fecha del 6 de agosto de 1538, tan repetida, es una convención posterior, no un acta. Esa discusión —entre un campamento militar y una fundación jurídica ocho meses después— se resuelve más adelante, en el Chorro de Quevedo, con nombres y fecha precisos. Por ahora basta con saber que la calle que se va a caminar es más vieja que la propia idea de Bogotá.
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Parque Santander y el Museo del Oro
Antes de llamarse Parque Santander, este lugar fue durante casi tres siglos la Plaza de las Hierbas, mercado de alimentos y plantas medicinales de la sabana; el nombre actual llegó apenas en 1851, y la estatua del general en 1877. Existe además una tradición —no un hecho documentado— que sitúa aquí mismo, y no en el Chorro de Quevedo, el momento fundacional de Bogotá: dos versiones que la propia investigación histórica no ha logrado resolver. Hay también un capítulo más oscuro que rara vez se cuenta junto al parque: durante la Reconquista española, el científico Francisco José de Caldas fue fusilado cerca de aquí, aunque las fuentes se dividen entre situarlo en la antigua Plaza de las Hierbas o en la cercana plaza de San Francisco, a pocas cuadras. Dentro del Museo del Oro, la balsa muisca —hallada en 1969 en una vasija de barro en Pasca, al sur de la ciudad, y datada entre los años 1200 y 1500— se exhibe en una sala llamada «La Ofrenda», con luz y sonido que reconstruyen el ritual de investidura del zipa en la laguna de Guatavita. Vale la pena buscarla dentro del recorrido del museo, más allá de la vitrina principal. Museo del Oro: cierra los lunes; martes a sábado 9:00 a. m.–7:00 p. m. (último ingreso 6:00 p. m.), domingos y festivos 10:00 a. m.–5:00 p. m. (último ingreso 4:00 p. m.). Entrada gratis los domingos para todos, y siempre gratis para menores de 12 y mayores de 62 años.
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Carrera 7 con calle 14 — donde mataron a Gaitán
En esta esquina, sobre el andén de la Carrera Séptima, hay varias placas conmemorativas colocadas con los años para señalar el sitio donde cayó Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948; vale la pena buscarlas y leerlas, porque ninguna fuente cartográfica marca el punto con una coordenada oficial. Gaitán no era un candidato cualquiera: había construido, desde la izquierda del Partido Liberal, un movimiento popular que desbordaba las estructuras tradicionales de los dos partidos, con un estilo oratorio que le permitía hablar directamente a quienes el centro de la ciudad empleaba pero no representaba políticamente. Su asesinato y el estallido inmediato que le siguió —el Bogotazo— se consideran, dentro de buena parte de la historiografía colombiana, uno de los puntos de quiebre que profundizó el periodo de violencia bipartidista conocido como La Violencia, y un antecedente directo de la polarización política que marcaría las décadas siguientes en el país. Entre los estudiantes latinoamericanos presentes en Bogotá ese mismo día, por un congreso paralelo a la conferencia panamericana que dio origen a la OEA, estaba un joven cubano de veintiún años: Fidel Castro, un dato confirmado incluso por fuentes oficiales cubanas.
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Avenida Jiménez con carrera 7 — el río y las esmeraldas
Los muiscas llamaban a este río Vicachá; una fuente popular traduce el nombre como «resplandor de la noche», pero ninguna investigación filológica seria respalda esa traducción con rigor, así que conviene tomarla como dato de tradición oral y no como etimología verificada. La Iglesia de San Francisco, justo en esta esquina, es la construcción religiosa más antigua que sigue en pie en Bogotá: se levantó entre 1557 y 1566 sobre un terreno donado por el arzobispo Juan de los Barrios, se amplió entre 1586 y 1611, y su altar mayor se terminó en 1623. El terremoto de 1785 la dañó seriamente; la restauración, dirigida por el arquitecto Domingo Esquiaqui, concluyó el 25 de marzo de 1794. El retablo mayor que hoy se ve, barroco y cubierto en pan de oro, es del siglo XVII, y los techos muestran influencia mudéjar, una herencia decorativa árabe-española poco frecuente en Bogotá. La esquina comercial de esmeraldas, a los pies de la iglesia, y el negocio que allí se mueve desde hace décadas tienen una historia paralela de violencia —la guerra verde de Boyacá— que se cuenta un poco más adelante en este recorrido, sin cifras cerradas de muertos, porque ninguna fuente consultada ofrece una cifra consensuada. Iglesia de San Francisco: entrada libre, con horario de misas de lunes a sábado de 7:00 a. m. a 6:00 p. m. y domingos de 8:00 a. m. a 7:00 p. m. El Museo Internacional de la Esmeralda, en el piso 23 de la Torre Avianca a una cuadra de aquí, cierra domingos y festivos.
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Casa del Florero — Museo de la Independencia
La reconstrucción de la Casa del Florero como museo, en 1960, fue una decisión de Estado: la aprobó el presidente Alberto Lleras Camargo dentro de las celebraciones del sesquicentenario de la independencia, con el historiador Guillermo Hernández de Alba como asesor histórico del proyecto. El edificio que hoy se visita, en la esquina nororiental de la Plaza de Bolívar, es entonces tanto un sitio histórico como un ejercicio de memoria nacional construido en el siglo XX. Los nombres detrás del incidente del 20 de julio de 1810 rara vez se cuentan completos: quienes entraron a la tienda de José González Llorente a pedir prestado el florero fueron los hermanos Francisco y Antonio Morales. La hipótesis de que el altercado fue orquestado de antemano —y no un exabrupto espontáneo— señala a un círculo más amplio de criollos vinculados a figuras como Antonio Nariño y Camilo Torres, aunque esta investigación no encontró un consenso académico que cierre la pregunta en ningún sentido. Vale la pena mirar con calma la pieza exhibida como «el florero»: su superficie fue restaurada en 2025, y ni esa restauración ni ninguna anterior ha encontrado la firma de Llorente que debería autenticarla. Cierra los lunes, incluidos festivos; abre de martes a domingo de 9:00 a. m. a 5:00 p. m. Entrada: niños hasta 5 años gratis, 6 a 12 años 2.000 COP, 13 a 17 años 4.000 COP, adultos de 18 a 59 años 6.000 COP, 60 años o más gratis; también gratis los miércoles de 3:00 a 5:00 p. m. y el último domingo de cada mes.
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Catedral Primada y Capilla del Sagrario
La Catedral Primada que hoy ocupa este costado de la plaza es la cuarta construcción levantada en el mismo sitio desde que Gonzalo Jiménez de Quesada ordenó erigir aquí el primer templo, en 1539. El 12 de marzo de 1572 el deán Francisco Adame puso los cimientos de una segunda catedral, con el arquitecto Juan Vergara; siglos después, ya en la versión actual de Domingo de Petrés, el edificio se reformó entre 1943 y 1950 bajo Alfredo Rodríguez Orgaz, y se restauró de nuevo entre 1993 y 1998, dirigida por el arquitecto Jaime Salcedo y el canónigo Juan Miguel Huertas. Sobre el reloj detenido en la torre, visible desde la plaza, un reportaje de prensa —sin precisar con exactitud la fecha del dato— calculó en su momento el costo de repararlo entre 8 y 30 millones de pesos; hasta donde alcanza esta investigación, nadie ha asumido ese gasto. La Capilla del Sagrario, contigua a la Catedral y visible desde el mismo costado, funciona bajo la misma parroquia y jurisdicción de la Arquidiócesis de Bogotá, aunque es un edificio arquitectónicamente independiente y más antiguo que el templo que tiene al lado. Visitas turísticas de lunes a viernes, 9:30 a. m.–12:30 p. m. y 2:00–4:00 p. m.; sábados 10:00 a. m.–12:00 p. m. Entrada libre; no hay horario turístico publicado para el domingo, día de oficios religiosos.
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Palacio de Justicia
Los once magistrados de la Corte Suprema que murieron en la retoma del 6 y 7 de noviembre de 1985 tenían nombre y cargo: Alfonso Patiño Roselli, Alfonso Reyes Echandía —presidente de la Corte—, Carlos Medellín Forero, Darío Velásquez Gaviria, Fabio Calderón Botero, Fanny González Franco, Horacio Montoya Gil, José Eduardo Gnecco Correa, Manuel Gaona Cruz, Pedro Elías Serrano Abadía y Ricardo Medina Moyano. La operación militar de recuperación del edificio tuvo nombre propio, «Plan Tricolor 83», y estuvo bajo el mando del general Jesús Armando Arias Cabrales, comandante de la XIII Brigada del Ejército: un dato operativo y documentado, que no implica por sí solo ninguna atribución de responsabilidad penal más allá de lo que las instancias judiciales han establecido. Más allá de declarar al Estado colombiano responsable de la desaparición forzada de once personas durante la retoma, la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos del 14 de noviembre de 2014 ordenó también un acto público de reconocimiento de responsabilidad internacional y una reparación integral para las víctimas y sus familias: una obligación jurídica que sigue vigente cuatro décadas después de los hechos. El interior solo se visita con cita previa; la plaza y el exterior del edificio son de acceso libre en cualquier momento.
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Palacio Liévano — Alcaldía de Bogotá
El Palacio Liévano es, con diferencia, el edificio más joven del costado occidental de la Plaza de Bolívar: se construyó entre 1902 y 1905, en un eclecticismo de inspiración francesa típico de los edificios institucionales bogotanos de comienzos del siglo XX, y solo se convirtió en sede de la Alcaldía en 1974. Antes de él, en el mismo lote, funcionaron durante más de medio siglo las Galerías Arrubla —un centro de almacenes y oficinas levantado por Juan Manuel Arrubla entre 1843 y 1848—, hasta que un incendio las destruyó por completo en 1900. Ese incendio no es un hecho aislado: es la primera de tres cicatrices de fuego que rodean esta misma plaza. La segunda quemó buena parte del centro histórico durante el Bogotazo de 1948, en la esquina donde mataron a Gaitán, unas cuadras al norte. La tercera es el propio Palacio de Justicia, incendiado durante la retoma militar de 1985, a pocos metros de aquí. Tres edificios, tres siglos distintos, un mismo patrón: cada vez que este costado de la ciudad arde, se reconstruye y sigue funcionando como si el fuego formara parte de su arquitectura.
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La estatua de Bolívar
La estatua que preside el centro de la Plaza de Bolívar es, por partida doble, un dato poco conocido: fue el primer monumento público de la ciudad, inaugurado el 20 de julio de 1846, y es una figura de pie, no ecuestre, a diferencia de buena parte de las estatuas de Bolívar que existen en otras ciudades colombianas. La encargó el escultor italiano Pietro Tenerani y se fundió en Múnich, bajo la dirección del fundidor Ferdinand von Müller, hacia 1844: casi dos años antes de que se instalara en la plaza. Mirada de cerca, la escultura está cargada de símbolos: la capa que lleva Bolívar es de corte romano, no militar de época; en la mano derecha sostiene la espada, símbolo de la liberación armada, y en la izquierda, la Constitución, símbolo del orden legal que debía sucederla. Es, literalmente, una república joven decidiendo con qué imagen quería representar a su libertador: guerrero y a la vez hombre de leyes, en el mismo bronce, en la misma plaza donde converge todo el poder del país. La ubicación tampoco es casual: la estatua ocupa el centro geométrico de la Plaza de Bolívar, equidistante de la Catedral, el Palacio Liévano, el Capitolio y el Palacio de Justicia. Cuatro poderes distintos, mirando todos hacia el mismo punto de bronce.
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Capitolio Nacional
Casi ochenta años de obra tuvieron, en realidad, varias firmas distintas: por el Capitolio Nacional pasaron, entre otros, el arquitecto italiano Pietro Cantini, el colombiano Antonio Clopatofsky, el bogotano Mariano Santamaría y el francés Gastón Lelarge, cada uno imprimiendo su propio criterio sobre cómo debía verse el edificio. Esa sucesión de visiones explica por qué, si se mira con atención, el Capitolio no tiene un estilo perfectamente homogéneo de un extremo a otro: es, literalmente, la suma de las ideas de varios arquitectos que nunca coincidieron en la obra al mismo tiempo, porque ninguno vivió para verla terminada. El impulsor inicial, el general Tomás Cipriano de Mosquera —presidente en cuatro ocasiones distintas—, quería replicar en Bogotá algo del modelo parlamentario inglés: un único edificio para albergar Cámara y Senado, como sede física de una democracia representativa que en el siglo XIX colombiano distaba mucho de ser estable. La ley que autorizó la obra es de 1846; la primera piedra se puso en 1847; el edificio se dio por terminado en 1926. El Capitolio ocupa el costado sur de la Plaza de Bolívar, con entrada principal sobre la Calle 10 con Carrera 7, compartiendo plaza con los otros tres poderes del Estado colombiano: el mismo cuadrante donde se concentra buena parte de la historia institucional del país. Ofrece visitas guiadas gratuitas los viernes de 9:00 a. m. a 12:30 p. m., con inscripción previa; cualquier otro día del recorrido, el Capitolio solo se puede ver desde el exterior.
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Colegio Mayor de San Bartolomé
El Colegio Mayor de San Bartolomé lo fundaron, el 27 de septiembre de 1604, el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero y un grupo de jesuitas entre los que estaban José Dadey, Martín de Funes y Juan Bautista Coluccini —este último, además de fundador, fue el encargado de diseñar el edificio, en su doble papel de sacerdote y arquitecto. Es, desde entonces, el colegio más antiguo de Colombia en funcionamiento ininterrumpido: casi cuatro siglos y medio de clases sin que el edificio haya cambiado de uso. Su influencia se extiende mucho más allá de sus propios muros. De su tradición educativa surgieron, con el tiempo, instituciones tan distintas entre sí como la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad Javeriana, la Imprenta Nacional y el Observatorio Astronómico Nacional —este último, señalado con frecuencia como el primero de América, aunque ese dato específico se repite en muchas fuentes sin que ninguna lo documente con precisión archivística. Es, en cualquier caso, uno de los puntos de origen silenciosos de buena parte de la infraestructura intelectual del país. El colegio se ubica exactamente entre estos dos edificios —la Catedral Primada y el Capitolio Nacional—, sobre la Carrera Séptima con Calle 10, como si el poder religioso, el educativo y el legislativo compartieran, desde hace siglos, la misma acera. Es un colegio en funcionamiento; no se puede entrar, solo se ve desde la calle.
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Manzana Cultural — Museo Botero y Casa de Moneda
La Casa de Moneda es, de las dos edificaciones de esta manzana, la más antigua: la fundó como ceca el ingeniero militar español Alonso Turrillo de Yebra, con un contrato inicial de quince años que arrancó la construcción en 1620; los primeros registros de acuñación en oro y plata datan de 1627, aunque las primeras monedas de oro acuñadas en América ya se habían fabricado aquí en 1622. Hacia 1753 el rey Fernando VI ordenó ampliarla y fusionarla con una edificación vecina, y en 1756 recibió modificaciones adicionales bajo el ingeniero Tomás Sánchez Reciente. Se declaró monumento nacional en 1975. La Manzana Cultural completa —de la que la Casa de Moneda y el Museo Botero son solo dos piezas— también incluye el Museo de Arte Miguel Urrutia, la Biblioteca Luis Ángel Arango y la Casa Republicana, todos administrados por el Banco de la República. Sobre el propio edificio del Museo Botero circula una historia sin confirmar del todo: que fue sede del Arzobispado de Bogotá durante buena parte de la época colonial y republicana, y que ardió en los disturbios del Bogotazo, el 9 de abril de 1948, para ser reconstruido después con fotografías de la fachada original. Es plausible, pero esta investigación no logró verificarlo contra el archivo oficial del Banco de la República. Museo Botero: cierra los martes; abre lunes y miércoles a sábado de 9:00 a. m. a 7:00 p. m., domingos y festivos de 10:00 a. m. a 5:00 p. m.; entrada siempre gratuita. Casa de Moneda: cierra los martes; abre lunes a sábado de 9:00 a. m. a 7:00 p. m., domingos y festivos de 10:00 a. m. a 5:00 p. m.; entrada gratuita.
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Plazoleta del Rosario
La imagen de la Bordadita, dentro del claustro de la Universidad del Rosario, lleva grabada una inscripción real: «la bordó doña Josefa Vergara y Caicedo… en el año de 1786». Es un dato que casi nunca se cuenta, precisamente porque compite con la leyenda más vistosa —la de que la imagen original la habría bordado una reina de España—, cuyo primer testimonio documentado no aparece hasta 1856, casi dos siglos después del hecho que dice narrar. La propia plazoleta ocupa lo que algunos especialistas consideran la calle más antigua de la ciudad, conocida en fuentes históricas como la antigua Calle Catorce o «Pueblo Viejo», y separa el claustro colonial del siglo XVII de la Avenida Jiménez. Gonzalo Jiménez de Quesada, cuya estatua ocupó este mismo lugar hasta que manifestantes indígenas la derribaron en mayo de 2021, murió el 16 de febrero de 1579 en Mariquita, de lepra, lejos de la ciudad que la tradición le atribuye haber fundado. No hay tumba suya en Bogotá: pasó buena parte de sus últimos años buscando, sin encontrarla nunca, la misma ciudad de oro que persiguieron tantos otros españoles después de él.
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Casa de Poesía Silva
José Asunción Silva nació en Bogotá el 27 de noviembre de 1865. A pocas cuadras de aquí, en los años veinte, un grupo de escritores más jóvenes que él —que ya no alcanzaron a conocerlo— fundó en 1925 la revista Los Nuevos: además de León de Greiff y Luis Vidales, la integraban Otto de Greiff, Germán Arciniegas, Eliseo Arango, Manuel García Herreros, Felipe y Alberto Lleras Camargo, José Mar, Rafael Maya, José Umaña Bernal y Jorge Zalamea, reunidos en tertulias en cafés del centro que ya no existen, como el Windsor y La Gran Vía. Muy cerca de esta casa está también la casa natal de otro poeta bogotano, Rafael Pombo (1833-1912), el autor de los cuentos infantiles que se aprenden de memoria generaciones enteras de niños colombianos. Convertida en la Fundación Casa Rafael Pombo desde 1985, funciona hoy como biblioteca infantil, con cerca de 4.000 volúmenes disponibles para consulta. Silva y Pombo nunca se cruzaron en vida de forma documentada, pero comparten algo más que el barrio: los dos son, en la memoria literaria de Bogotá, la prueba de que esta ciudad gris también se ha escrito a sí misma en verso. Abre de martes a viernes, de 10:00 a. m. a 5:00 p. m., según su sitio oficial; entrada históricamente gratuita.
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Chorro de Quevedo y el Callejón del Embudo
Antes de que Jiménez de Quesada acampara aquí, este lugar ya tenía un nombre y un propósito muiscas: Thybsaquillo, «tierra de descanso», parte de una red sagrada usada para la observación astronómica y las ceremonias rituales, y posible sitio de descanso del zipa, desde donde se dominaba visualmente toda la sabana. Esa capa de historia indígena, anterior a cualquier fundación española, rara vez se cuenta con el mismo detalle que la leyenda de 1538. La represión contra la chicha, además, empezó mucho antes de la ley de 1948: ya en 1916 el Concejo de Bogotá la gravó con un impuesto, y entre 1922 y 1923 relegó las chicherías a zonas alejadas de las llamadas «zonas sociales» de la ciudad. Y antes de la Ley 34 hubo un paso intermedio que casi nadie recuerda: el Decreto 1839, firmado apenas siete semanas después del Bogotazo, el 2 de junio de 1948. A finales del siglo XIX, para dimensionar lo que se estaba combatiendo, Bogotá tenía más de 800 chicherías y se consumían más de 50 millones de litros de chicha al año. El propio Callejón del Embudo, empedrado y de trazado asimétrico, con sus casas coloniales blancas, ha sido tradicionalmente habitado por los residentes más antiguos del sector.
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