About this tour
Seis kilómetros y mil años, de la charca negra de los vikingos a la capital que sigue contándose a sí misma. Once paradas, con Ignacio de guía. Empieza en el patio de Trinity College, donde los ingleses fundaron en 1592 una universidad para fabricar súbditos leales y les salieron Swift, Wilde y Beckett, y termina en un callejón donde se sirve la pinta como es debido. Por el camino: los músicos de Grafton Street, las trincheras de la Pascua de 1916 bajo el césped de St Stephen's Green, el Oscar Wilde tumbado frente a su casa de infancia, el medio penique que costaba cruzar el Ha'Penny Bridge, los setecientos dieciséis años de poder británico encerrados en Dublin Castle, la indignación salvaje de Jonathan Swift y el arrendamiento a nueve mil años que firmó Arthur Guinness. Pensado para el invierno dublinés: poca luz, muchos pubs y una ciudad que por fin es de los dublineses.
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Trinity College — El campanario que nunca suena
Delante de ti, en el centro del patio empedrado, está el Campanile de 1853. La leyenda estudiantil dice que si pasa por debajo un alumno virgen las campanas suenan solas; nunca han sonado. Los adoquines de Front Square son del siglo XVIII. Isabel I fundó Trinity en 1592 para convertir a los irlandeses católicos en súbditos protestantes leales: fue exclusivamente protestante hasta 1793, y la Iglesia católica prohibió a los suyos estudiar aquí sin permiso especial hasta 1970. El plan salió al revés. Por estas piedras pasaron Jonathan Swift, Oscar Wilde, Bram Stoker, que trabajó en la biblioteca antes de escribir Drácula, y Samuel Beckett, que jugaba al críquet en estos jardines y ganó el Nobel en 1969. A los lados de la verja de entrada están las estatuas de Edmund Burke y Oliver Goldsmith. El bloque de hormigón de los años sesenta que rompe la simetría es la Berkeley Library, brutalismo puro contra lo georgiano. Los 25 euros del Book of Kells dan derecho a dos páginas del manuscrito del año 800, que van rotando, y sobre todo al Long Room: 65 metros de estanterías de roble, 200.000 volúmenes antiguos y el arpa de Brian Boru, símbolo nacional que casi con seguridad nunca fue suya. Reserva con dos o tres días. El campus, en cambio, es gratis.
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Bewley's — Las vidrieras de Harry Clarke
Estás delante del número 78-79: Bewley's, abierto desde 1927. Entra aunque solo sea a calentarte y busca las vidrieras de Harry Clarke, el gran maestro irlandés del vidrio; la madera oscura y el olor a café tostado son los mismos desde hace casi un siglo. Un café irlandés ronda los 8 euros y un scone con mermelada los 5. Grafton Street es la calle comercial de Dublín desde el siglo XVIII, lleva el nombre de un duque inglés del XVII y es peatonal desde 1982. Los músicos que oyes no son decorado: Glen Hansard, el de la película Once, y Damien Rice empezaron tocando aquí, y muchos de los que verás son alumnos del conservatorio. Las mejores horas son de 12 a 14 y de 16 a 18; si te gusta lo que escuchas, deja monedas. Lo verdaderamente dublinés, sin embargo, está en las calles laterales: Wicklow Street para diseñadores irlandeses, Drury Street y South William para boutiques y cafés, y el George's Street Arcade, mercado cubierto victoriano de 1881. Para café de especialidad, Kaph, en Drury Street. Y en el extremo norte de la calle, junto a la iglesia de St Andrew, está la Molly Malone de 1988: la pescadera de la canción de los berberechos y los mejillones que probablemente nunca existió, y a la que los dublineses llaman the tart with the cart.
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St. Stephen's Green — El parque que regaló Guinness
Nueve hectáreas de jardín victoriano en el centro exacto de la ciudad. Hasta 1880 esto era privado, reservado a los vecinos que tenían llave; fue Arthur Guinness quien lo compró y se lo regaló a Dublín. Entras por el arco conmemorativo de los Fusileros Reales de Dublín, dedicado a soldados irlandeses muertos combatiendo por el imperio británico: una historia incómoda en un país que después se independizó de él. Dentro hay lago ornamental con patos y cisnes, quiosco de música victoriano y estatuas de patriotas. En la Semana de Pascua de 1916, entre el 24 y el 29 de abril, el Irish Citizen Army cavó trincheras en este mismo césped. Los británicos les respondieron con ametralladoras desde el Hotel Shelbourne, el edificio grande del lado norte, y los rebeldes acabaron retirándose al Royal College of Surgeons, en el flanco oeste. Mientras tanto el guardián seguía abriendo las verjas a las nueve de la mañana porque esas eran sus órdenes. Ese mismo Shelbourne, de 1824, es donde en 1922 se redactó la Constitución del nuevo Estado Libre. Recorre el perímetro y aprende a leer las fachadas georgianas: ventanas altas en la planta noble de la familia, ventanas pequeñas arriba para el servicio y un patio hundido delante que daba a las cocinas del sótano. En invierno abre de 8:00 a 18:00 y es gratis.
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Merrion Square — El Oscar Wilde reclinado
En la esquina noroeste del parque, tumbado sobre una roca, está el Oscar Wilde de Danny Osborne, de 1997: chaqueta de jade verde y puños de granito rosa. Rodéalo entero, porque la expresión cambia con el ángulo, de burlona a melancólica; en las rocas de al lado están grabadas frases suyas, entre ellas aquello de que todos estamos en el arroyo, pero algunos miramos las estrellas. Al otro lado de la calle, el número 1 de Merrion Square es la casa donde Wilde vivió de niño, de 1855 a 1878. Su madre firmaba como Speranza, escribía poesía nacionalista y montaba aquí sus tertulias literarias. La plaza se levantó entre 1762 y 1764, en el apogeo de Dublín como segunda ciudad del Imperio Británico. La Wide Streets Commission reguló la altura de los edificios, el ladrillo, las proporciones de las ventanas y el ancho de la calzada, y se olvidó de regular el color de las puertas: de ahí las puertas rojas, azules, verdes y moradas, todas distintas bajo abanicos de vidrio idénticos. Ve contando números mientras paseas: en el 58 vivió Daniel O'Connell, en el 70 el escritor gótico Sheridan Le Fanu y en el 82, entre 1922 y 1928, W. B. Yeats. En el lado oeste, la National Gallery es gratis y guarda un Caravaggio, un Vermeer y la sala dedicada a Jack B. Yeats.
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Ha'Penny Bridge — El puente de medio penique
Párate en mitad del arco. Esto es el Ha'Penny Bridge: hierro fundido pintado de blanco, 43 metros de vano, inaugurado en 1816. Su nombre oficial es Wellington Bridge y no lo usa nadie, porque hasta 1919 costaba medio penique cruzarlo. Antes había barcas de remo; cuando las prohibieron por inseguras, su propietario negoció levantar el puente y cobrar peaje. Es el puente más fotografiado de Irlanda y une los muelles del norte con Temple Bar, en la orilla sur. Debajo corre el Liffey, que nace en las montañas de Wicklow 132 kilómetros río arriba y aquí tiene entre 50 y 80 metros de ancho; su nombre viene del irlandés An Life. James Joyce lo convirtió en mujer y en personaje, Anna Livia Plurabelle, en Finnegans Wake. Por esta misma agua remontaron los vikingos en el año 841 y montaron su longphort, un campamento fortificado con los barcos varados en la orilla. Donde el pequeño río Poddle desembocaba en el Liffey había una laguna oscura de marea: Dubh Linn, charca negra, y de ahí sale el nombre de la ciudad. Mira río abajo, hacia el este: el puente ancho es el O'Connell, casi tan ancho como largo, y más allá el Liffey se abre hasta la bahía de Dublín.
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Temple Bar — El barrio que se salvó por accidente
Bajo tus pies hay un plano medieval: estas calles estrechas y torcidas, Crown Alley, Crow Street, Eustace Street, siguen el trazado de la ciudad vikinga y normanda, y por eso ninguna va recta. El barrio existe por accidente. En los años ochenta las autoridades compraron los edificios para demolerlo todo y levantar una estación de autobuses; mientras llegaba la piqueta, los locales vacíos se alquilaron a precio de saldo y los artistas sin dinero los llenaron de estudios, galerías y teatros. Cuando tocó demoler ya había una escena cultural y el plan se canceló. Hoy conviven las dos cosas: música tradicional realmente buena y despedidas de soltero, con la pinta a siete u ocho euros frente a los cinco y medio o seis de cualquier otro barrio. Si vas a beber aquí, el único pub que recomiendan los dublineses es The Palace Bar, en el 21 de Fleet Street: interior victoriano original, más de cien whiskeys irlandeses y la barra donde bebían Patrick Kavanagh y Flann O'Brien. Los sábados, de 10:00 a 16:30, hay mercado de productores en Meeting House Square, y el Irish Film Institute, en Eustace Street, tiene cine de autor y un café tranquilo con calefacción. Regla local: si un pub necesita anunciarse como auténtico con un letrero de neón, no lo es.
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Dublin Castle — 716 años de dominio británico
No busques almenas de cuento: lo que ves desde el patio son fachadas georgianas de ladrillo, porque el castillo lleva ocho siglos reconstruyéndose encima de sí mismo. Lo mandó levantar Juan de Inglaterra en 1204 como cuadrilátero normando con torreones redondos en las esquinas; de aquel castillo solo sigue en pie la Record Tower, el volumen macizo de piedra oscura junto a la capilla. Durante 716 años este fue el centro del poder británico en Irlanda: residencia del virrey, gobierno, tribunal, tesorería, armería y prisión, y el objetivo de todas las rebeliones irlandesas, que fracasaron todas. El 16 de enero de 1922 Michael Collins cruzó esta misma puerta para recibir el traspaso de poderes en nombre del Gobierno Provisional, y el Estado Libre quedó constituido formalmente el 6 de diciembre de aquel año. Los mismos muros, otra bandera. La entrada cuesta 8 euros por libre y 12 con guía, y merece la pena la guiada: verás los State Apartments de los virreyes, la Chapel Royal neogótica que Francis Johnston levantó entre 1807 y 1814 y, sobre todo, el Medieval Undercroft del sótano, con la muralla vikinga de hacia el año 930, los cimientos normandos de 1204 y el río Poddle, que sigue corriendo ahí abajo y se oye. En el mismo recinto, la Chester Beatty Library es gratis y cierra los lunes.
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Christ Church Cathedral — El rey vikingo
Mira los muros antes de pensar en entrar: arcos de medio punto y casi un metro de piedra. Esto es arquitectura normanda, tan fortaleza como iglesia. La fundó en el año 1030 un rey vikingo, Sitric Silkenbeard, Sitric Barba de Seda, nieto de otro vikingo llamado Olaf Cuarán. Era ya la tercera o cuarta generación nacida en Dublín, casada con irlandeses y dedicada al comercio, y entendió que para reinar sobre una ciudad cristiana hacía falta una catedral. Aquella era de madera; los normandos la rehicieron en piedra tras conquistar Dublín en 1170. Dentro está la tumba de Strongbow, Richard de Clare, el señor de la guerra a quien un rey irlandés invitó a una pelea local y que acabó desencadenando ochocientos años de dominio inglés. La efigie que se ve es del siglo XVI, porque la original se destruyó en 1562, y la media figura de al lado sería su hijo, partido por la mitad por mostrar cobardía en batalla. Los diez euros de la entrada valen por la cripta: 63 metros, la más larga de Irlanda y Gran Bretaña, con candelabros del XVII, un cepo de castigo público y un gato y una rata momificados que se quedaron atrapados persiguiéndose dentro de un tubo del órgano en la década de 1860. Fíjate en el suelo: está inclinado, porque el edificio se hunde despacio en terreno pantanoso.
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St. Patrick's Cathedral — El deán Jonathan Swift
Noventa y un metros de largo: la iglesia más grande de Irlanda y la catedral nacional de la Church of Ireland. Se levantó entre 1191 y 1270, supuestamente sobre el sitio donde san Patricio bautizaba conversos en el siglo V; en el parque de al lado hay un pozo que dice ser aquel pozo, sin prueba ninguna. Aquí fue deán Jonathan Swift entre 1713 y 1745, y aquí está enterrado, en la nave norte, junto a Esther Johnson, la Stella de sus cartas. Su epitafio lo escribió él mismo en latín, y Yeats lo tradujo: Swift ha navegado hacia su descanso, donde la indignación salvaje ya no puede lacerarle el pecho. Esa indignación produjo Los viajes de Gulliver en 1726 y, en 1729, Una modesta proposición, el panfleto en que sugiere con toda seriedad que los irlandeses pobres vendan a sus bebés como alimento para los ingleses ricos: es insoportable de leer, y exactamente por eso funciona. Dentro, lo más antiguo y lo más bonito es la Lady Chapel de 1270, y del techo cuelgan las banderas de los Caballeros de San Patricio, orden de caballería creada en 1783. El edificio se caía a pedazos hasta que Benjamin Guinness pagó entera la restauración de su propio bolsillo, entre 1860 y 1865. La entrada cuesta 9 euros; el parque de enfrente, con su monumento a Swift, es gratis. Y justo detrás está Marsh's Library, de 1707, la biblioteca pública más antigua de Irlanda.
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The Liberties — Fuera de las murallas
Estás en el barrio más viejo de Dublín. The Liberties se llama así por las liberties medievales: los terrenos que quedaban fuera de las murallas y tenían jurisdicción propia, menos impuestos y menos control. Aquí se instalaron los tejedores hugonotes que huyeron de Francia en el siglo XVII, y detrás de ellos los cerveceros, los destiladores y la clase obrera que levantó la ciudad con las manos. Los levantamientos de 1798, de 1803 y de 1916 tienen raíces en estas calles. Baja por Meath Street si quieres ver el Dublín que no sale en las postales: mercado callejero de lunes a sábado, verdura y ropa, cero turistas. Francis Street es la calle de los anticuarios, con muebles georgianos a precios que van de serios a astronómicos. Y al oeste, al final de Thomas Street, está St James's Gate: allí Arthur Guinness firmó en 1759 un arrendamiento a nueve mil años por cuarenta y cinco libras al año, el contrato más optimista de la historia. En el siglo XIX aquella era la mayor cervecería del mundo. La misma familia regaló St Stephen's Green a la ciudad, pagó la restauración de las dos catedrales, financió hospitales y construyó las viviendas obreras del Iveagh Trust. El Storehouse queda a veinte minutos a pie, cuesta 25 euros y hay que reservar con 72 horas de antelación. Para un café de verdad, The Fumbally, en Fumbally Lane.
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The Stag's Head — Elige tu final
Estás en Dame Court, un callejón escondido entre Dame Street y Exchequer Street, delante de The Stag's Head: doscientos cincuenta años, interior victoriano intacto de espejos grabados y madera oscura, y Michael Collins entre sus parroquianos. Desde aquí salen los tres finales del día. Al norte, veinte minutos cruzando el O'Connell Bridge, está el GPO: el lunes 24 de abril de 1916, a mediodía, Patrick Pearse leyó en esos escalones la Proclamación de la República Irlandesa ante dublineses desconcertados. Quince líderes fueron fusilados entre el 3 y el 12 de mayo, James Connolly sentado en una silla porque las heridas no le dejaban tenerse en pie, y las columnas conservan los impactos de bala: puedes tocarlos. Al este, Merrion Square al anochecer, con las puertas georgianas encendidas y la National Gallery abierta y gratis hasta las 17:30, los jueves hasta las 20:30. O te quedas donde estás: Grogan's, en South William Street, por su tostada legendaria de queso y jamón; Kehoe's, en South Anne Street, con licencia desde 1803 y reservados victorianos; o el autobús 9 o el 83 hasta Glasnevin, a John Kavanagh's, The Gravediggers, en manos de la misma familia desde 1833 y construido contra la muralla del cementerio. Pide la Guinness y espera: los dos vertidos tardan ciento diecinueve segundos.
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