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Coral Gables

El sueño de la roca coral

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About this tour

Coral Gables no creció: fue escrita. Entre 1921 y 1926, George Merrick convirtió la plantación de toronjas de su familia en una ciudad completa, planificada hasta el color del estuco, levantada en roca coral por albañiles bahameños y dibujada por su tío pintor Denman Fink y el arquitecto Phineas Paist. Este paseo de unos tres kilómetros recorre esa historia en cuatro paradas: la casa de hastiales de coral que dio nombre a todo, el ayuntamiento construido contra toda lógica justo después del huracán de 1926, la Miracle Mile y la Giralda Plaza donde la maquinaria de vender el paraíso montó su cuartel general, y el antiguo parque de bomberos convertido en museo donde se cierra el relato. Merrick murió en 1942 con menos de 400 dólares en el bolsillo. La ciudad que imaginó es hoy el barrio más codiciado de Estados Unidos.

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Stops on this tour

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    Casa Merrick — La casa que bautizó una ciudad

    Mira la fachada: caliza oolítica dorada, áspera y porosa, cortada de esta misma tierra, y encima los hastiales que acabaron dando nombre a una ciudad entera. En 1899 el reverendo Solomon Merrick compró 160 acres de matorral del sur de Florida sin haberlos visto nunca, por 1.100 dólares, y llegó aquí con su hijo George, de trece años. Encontraron una cabaña de madera, unos guayabos y palmito hasta el horizonte. Para 1906 la familia enviaba vagones enteros de toronja premiada hacia el norte. La casa creció hasta catorce habitaciones cuando Althea Merrick, pintora, diseñó la ampliación en roca coral extraída de su propia finca; de ahí salió el nombre de la plantación, Coral Gables, y después el de la ciudad. Solomon murió en 1911 y George heredó a los veinticinco años la plantación y la responsabilidad de mantener a la familia. Había estudiado en Rollins College y en la New York Law School, fue comisionado del condado, publicó un libro de poemas en 1920 y, cuando años más tarde le preguntaron qué quería hacer una vez terminada su ciudad, respondió una sola palabra: escribir. Pasa la mano por el muro antes de seguir: esa aspereza fría es la textura original de Coral Gables.

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    Estatua de Althea Merrick — Donde empieza el sueño

    En el jardín del lado este está la estatua de Althea Merrick, la madre que insistió en que la belleza no era un lujo sino una necesidad. Dentro de esta casa, a comienzos de 1921, su hijo George se sentó con su tío Denman Fink, ilustrador y pintor, a dibujar una ciudad entera antes de vender un solo lote. No era la costumbre de la época: entre 1918 y 1923 el valor de la propiedad en Miami subió un 1.000 por ciento y se vendían pantanos por correo a compradores que jamás habían pisado Florida. Merrick dedicó su primer año a planificar. Contrató al paisajista Frank Button, que venía de trabajar en la Exposición Colombina de Chicago de 1893; a su primo H. George Fink como arquitecto principal, quien acuñó la etiqueta estilo mediterráneo para describir lo que hacían; y a Phineas Paist, encargado de la supervisión y del color. El plan incluía puertas monumentales como las de un pueblo amurallado español, bulevares arbolados que desembocaban en plazas, zonificación separada por usos —algo revolucionario en 1921—, una cantera convertida en piscina, canales navegables en góndola y 160 acres donados para fundar la Universidad de Miami. En julio de 1921 Coral Gables se lanzó oficialmente.

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    Muro de roca coral — Las manos que lo construyeron

    Acércate al muro y mira cómo están cortados los bloques: las juntas irregulares, las cavidades del coral fosilizado, las marcas de mazo que todavía se leen en la piedra. Esa técnica no salió de un tratado de arquitectura. La trajeron albañiles bahameños que llevaban generaciones trabajando la caliza oolítica en sus islas y que despejaron esta tierra junto a los Merrick desde 1899. George trabajó al lado de esos hombres en los cultivos desde los trece hasta los veinticinco años, y cuando empezó a levantar su ciudad muchos de ellos se convirtieron en su cuadrilla de construcción. La historiadora Arva Moore Parks lo resumió así: su lealtad no tuvo precedentes. En 1927 Merrick se aseguró de que se construyera la iglesia bautista de St. Mary's, la primera y única iglesia afroamericana de Coral Gables. En 1941, ya arruinado, escribió en la revista Tequesta que los trabajadores bahameños habían aportado una influencia distintiva e importantísima, inspiración y conocimiento valioso, y les dedicó unos relatos titulados Hombres de las islas mágicas. Cada fachada mediterránea que veas esta tarde se sostiene sobre ese oficio, casi nunca mencionado en los folletos de venta de la época.

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    City Hall — El edificio imposible

    Ponte frente a la logia semicircular y cuenta los pisos: tres, rematados por una torre, tejas de barril españolas y una arcada que abraza la plaza. Todo lo que ves es caliza oolítica de la zona, combinada con estuco teñido. Ahora lo difícil de creer: este edificio se construyó entre 1927 y 1928, es decir, después de que el huracán de septiembre de 1926 dejara 372 muertos y 105 millones de dólares en daños, después de que el boom inmobiliario de Florida se desplomara, con los bancos cayendo y George Merrick ahogado en deudas. Coral Gables se había incorporado como ciudad el 29 de abril de 1925, apenas dieciocho meses antes del huracán; este ayuntamiento, inaugurado en 1928, fue la manera de declarar que esa incorporación era permanente. Lo diseñaron Phineas Paist y Denman Fink. Paist, nombrado arquitecto supervisor en 1925, había escrito en 1924 sobre el color y el estuco, y aplicaba aquí lo que llamaba coloración por zonas: tonos tierra cálidos extraídos del estudio de la arquitectura española, italiana, morisca y bizantina. Desde 1928 no ha dejado de funcionar como ayuntamiento, y resistió también el huracán Andrew en 1992. Los sábados de enero a marzo el mercado de agricultores ocupa la explanada de enfrente.

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    City Hall — El hombre de bronce

    Busca la figura de bronce en la plaza: no es el vendedor frenético de los años del boom, sino un hombre pensativo, casi detenido. La estatua de George Merrick fue donada por el Garden Club de Coral Gables. Lo que el bronce no cuenta: en octubre de 1925, en el punto más alto del boom, unos inversores neoyorquinos le ofrecieron diez millones de dólares por sus propiedades en Coral Gables. Los rechazó. Su objetivo, dijo, siempre había sido crear una ciudad maravillosa, y aún le quedaba mucho por hacer. Esa decisión le costó la fortuna. Tras el huracán renunció a la comisión municipal en 1928, se fue a los Cayos a montar un campamento de pesca y volvió en 1937 como administrador de correos de Miami, donde pagó a las mujeres lo mismo que a los hombres décadas antes de que fuera habitual. Murió en 1942, a los 55 años, con un patrimonio inferior a 400 dólares. El Miami News lo despidió con una sola frase: tuvo un sueño y lo hizo realidad. En 1943 la Marina bautizó un barco Liberty como SS George E. Merrick. Su cumpleaños, el 3 de junio, es el Día del Fundador, celebrado oficialmente por primera vez en 2021. Busca en las placas cercanas su frase de 1921 sobre un monumento que envejecería tan bella y abundantemente como el coral eterno sobre el que se funda.

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    Colonnade Building — La máquina de vender el paraíso

    Levanta la vista hacia la rotonda y la columnata que dan nombre a este edificio: lo proyectó en 1926 Phineas Paist junto a Walter De Garmo y Paul Chalfin, mezclando colonial español y barroco. Detrás de esas columnas funcionaba el cerebro de la mayor campaña inmobiliaria que Florida había visto. Desde aquí se coordinaban 3.000 vendedores y una flota de 76 autobuses que traía compradores gratis desde ciudades del norte. William Jennings Bryan, exsecretario de Estado y tres veces candidato presidencial, arengaba desde plataformas flotantes en la Venetian Pool por 50.000 dólares al año. Tocaban las orquestas de Paul Whiteman y Jan Garber, y sonaba una canción de moda titulada When the Moon Shines on Coral Gables. En 1922 el Miami Herald llegó a ser el periódico más pesado de Estados Unidos por el volumen de anuncios inmobiliarios. Merrick gastaba cinco millones de dólares al año en publicidad, unos 89 millones de hoy. Funcionó: en 1925 los permisos de obra superaron los 25 millones y la valoración catastral de la ciudad pasó de 90 millones. En la Segunda Guerra Mundial este edificio fue fábrica de paracaídas y luego estudio de cine; hoy es hotel y oficinas, restaurado sin perder el carácter.

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    Miracle Mile — El milagro de la milla

    Mide con los ojos la acera: siete metros de ancho, pavimento de cuarzo, resultado de una remodelación de 21 millones de dólares terminada en 2016 por los arquitectos Cooper Robertson. La milla tampoco es exacta: mide 0,503 millas, y solo se llama Miracle Mile desde 1955, cuando la comisión municipal adoptó oficialmente el nombre. La calle la reinventaron los comerciantes. En 1949 Albert H. Friedman, Jimmy Baldi y Carroll Seghers fundaron la asociación de comerciantes de la Miracle Mile, y George K. Zain, apodado el padre de la milla, impuso una idea sencilla y decisiva: aparcar detrás de las tiendas y no delante, de modo que cada local tuviera doble acceso y la acera siguiera siendo de los peatones. Lincoln Road, en Miami Beach, copió el sistema. En los años sesenta aquí estaban Elizabeth Arden, Lillie Rubin, Hart Schaffner & Marx y los almacenes Belk's, y muchos cerraban en verano hasta que volvían los residentes de invierno. Hoy hay más de 350 tiendas y restaurantes, y la calle se conoce como Bridal Row por sus tiendas de vestidos de novia. Diecinueve edificios históricos protegidos bordean la milla. En el número 280, el Miracle Theatre, cine de 1948 y hoy sede del Actors' Playhouse, conserva detalles art déco en su interior.

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    Giralda Plaza — El único tramo peatonal

    Estás en el único tramo peatonal del centro: una sola manzana de Giralda Avenue, cerrada al tráfico y reabierta en 2017 tras su rediseño. Fíjate en cómo las terrazas cruzan de un lado a otro de la calzada, en los bancos, en las guirnaldas de bombillas que se encienden al caer la tarde. La escala es de plaza europea y no de plaza americana: estrecha, corta, con la fachada a pocos metros de la mesa. En esta manzana caben cocinas mexicana, italiana, tailandesa, vietnamita, griega, mediterránea y peruana. El nombre viene, como el de casi todas las calles de esta ciudad —Aragón, Alcázar, Segovia, Granada, Valencia—, del vocabulario español que Merrick eligió deliberadamente: la Giralda es la torre de la catedral de Sevilla, la misma que sirvió de modelo para la torre del hotel Biltmore. El primer viernes de cada mes, de seis a diez de la tarde, este tramo es el corazón de la Gables Gallery Night: galerías abiertas por todo el centro, trolley gratuito entre ellas, música en vivo y entrada libre al Coral Gables Museum. Una vez al mes, además, Giralda Live llena la calle de conciertos. El plan urbano de 1921 ya prometía bulevares amplios con grandes vistas, plazas y fuentes: esto es esa promesa cumplida un siglo después.

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    Giralda Plaza — Arte en lugares públicos

    Levanta la cabeza: sobre esta calle cuelgan las palabras de Sun Stories, la instalación de la artista Jessy Nite, frases y fragmentos de poesía en varios idiomas —hay inglés, español y francés— que reflejan la mezcla lingüística de la ciudad y que están inspirados directamente en George Merrick y en su madre Althea. No es un adorno suelto. Coral Gables tiene una ordenanza de Arte en Lugares Públicos que obliga a cada nueva promoción inmobiliaria a incorporar obra pública o a pagar al fondo municipal de arte; con ese dinero la ciudad aprobó en 2025 la serie Intervals, cinco instalaciones para la semana de Art Basel financiadas con 110.000 dólares. Al norte están las esculturas de la rotonda de Segovia y, en el edificio de seguridad pública, Eternal Flames: un recipiente de vidrio apilado que dibuja llamas entrelazadas, iluminado por leds al anochecer, con agua corriendo sobre una base de granito donde están grabados los nombres de los bomberos y agentes caídos. En el centro sobreviven galerías veteranas como ArtSpace/Virginia Miller, fundada en 1974, y Ninoska Huerta, especializada en arte constructivista, abstracto y cinético. Todo esto viene de una sola idea de Denman Fink, primer director artístico de la ciudad: el arte no se guarda en museos, se pone en las fuentes, las entradas y las plazas.

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    Museo de Coral Gables — El edificio como monumento

    Cuenta los tres arcos del lado oeste: por ahí salían los camiones de bomberos. Encima de ellos hay relieves esculpidos por Theresa Keller, que firmaba profesionalmente como Jon Keller, y representan a dos bomberos de Coral Gables y a la familia tipo que debían proteger; la belleza cívica, aquí, explica su propia función. El edificio, de roca coral, se proyectó en 1939 como comisaría y parque de bomberos por encargo de la Works Progress Administration en plena Depresión: daba sede a la seguridad pública y, a la vez, trabajo a albañiles y artesanos locales. Lo firmaron Phineas Paist y su socio Harold Steward, aunque Paist había muerto en 1937, antes de verlo terminado. Es una de sus últimas obras y cierra una lista que incluye la Venetian Pool, la Douglas Entrance, el ayuntamiento y el Colonnade. En 2024 el museo le dedicó una exposición por su 150 aniversario, titulada A True Artist. Fíjate en la mezcla de lenguajes: la sobriedad del Depression Moderne en los volúmenes y el detalle mediterráneo en los remates. En 2010 el edificio se convirtió en el Coral Gables Museum, dedicado a las artes cívicas, y aloja también las oficinas del Departamento de Recursos Históricos, es decir, de quienes se encargan de que edificios como este no se demuelan.

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    Museo de Coral Gables — El sueño continúa

    Date la vuelta y mira la manzana entera. Casi ningún desarrollo inmobiliario de la Florida de los años veinte llegó hasta aquí: la mayoría quebró y varios acabaron convertidos en pueblos fantasma. Coral Gables sobrevivió por razones concretas. La primera es material: Merrick exigió construir en roca coral, y por eso sus edificios aguantaron el huracán de 1926 mucho mejor que los de sus competidores. La segunda es urbanística: el trazado de las calles, la ubicación de las plazas, la separación de usos y los espacios verdes estaban bien pensados, y las generaciones siguientes construyeron sobre ese esqueleto en vez de pelearse con él. La tercera es normativa: una Junta de Arquitectos revisa todo lo que se levanta, y en 1973 esta fue la primera ciudad del condado de Dade en aprobar una ordenanza de preservación histórica; antes, en 1966, un grupo de mujeres reunidas en Villagers Inc. salvó la Douglas Entrance de la demolición y encendió el movimiento preservacionista de todo Miami-Dade. La cuarta es la Universidad de Miami, a la que Merrick donó 160 acres y buena parte de su fortuna, y que hoy tiene más de 19.000 estudiantes. La quinta la ves sin moverte: el 47 por ciento de la ciudad está bajo copa de árbol, frente al 19 por ciento de Miami-Dade.

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    Museo de Coral Gables — Despedida

    Es la hora en que se encienden las luces de las terrazas y los baniones de Coral Way se convierten en siluetas. Cierra el recorrido con esta cuenta: George Merrick murió en 1942 convencido de que había fracasado. Había perdido la fortuna, el cargo y el control de su propia ciudad, y dejó un patrimonio de menos de 400 dólares. Se equivocaba. En 2025 Coral Gables celebró su centenario, cien años desde la incorporación de 1925, casi el doble de los 55 años que vivió su fundador, y en 2024 Bloomberg la describió como el barrio más caro y codiciado de Estados Unidos. Los 1.200 baniones plantados en 1929 a lo largo de Coral Way siguen formando el túnel de sombra por el que empezaste a caminar. La piedra que tocaste en la casa de su infancia es la misma que sostiene el ayuntamiento, el Colonnade y este antiguo parque de bomberos. Él lo había escrito en 1921: quería un monumento que envejeciera tan bella y abundantemente como el coral eterno sobre el que se asienta. Y quería, sobre todo, dedicarse a escribir. No llegó a hacerlo en libros; lo hizo en bulevares. Si te quedan fuerzas, camina hacia el oeste hasta la De Soto Plaza, con la fuente neobarroca que Denman Fink diseñó en 1925, o toma el trolley gratuito hasta el Biltmore.

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