About this tour
El Retiro está a 2.175 metros sobre el nivel del mar, en el Altiplano del Oriente Antioqueño, y su historia es una cadena de causas. El oro del Batolito Antioqueño trajo las minas, las minas trajeron la esclavitud, y el 11 de octubre de 1766 Javiera Londoño y su esposo Ignacio Castañeda firmaron un testamento que liberó a unas 140 personas de las minas de El Guarzo y les entregó además tierras y herramientas: 85 años antes de la abolición nacional. Cuando el oro se agotó, el pueblo se volcó a los bosques y se convirtió en la capital ebanista de Colombia, con un taller en cada esquina. El recorrido va del monumento a Javiera Londoño a los altares tallados de la parroquia, a la tapia pisada de la Capilla de San José y a la Fiesta de los Negritos, y termina en la Hacienda Fizebad y el Salto del Tequendamita. Once paradas contadas desde la madera, el agua y la libertad.
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Parque Santander — El umbral del Oriente Antioqueño
Está de pie a 2.175 metros sobre el nivel del mar, en el centro del Altiplano del Oriente Antioqueño. Mire las montañas que cierran el valle: todo lo que verá hoy descansa sobre el Batolito Antioqueño, una intrusión magmática de unos 7.800 kilómetros cuadrados consolidada entre el Cretácico Superior y el Paleoceno. Su roca, rica en cuarzodiorita y granodiorita, se descompuso con la meteorización tropical y liberó el oro que quedó concentrado en los aluviones de las quebradas y en vetas de cuarzo. Sin esa geología no habría habido minas, y sin minas no habría existido este pueblo. Antes de la llegada española, el altiplano era una zona de frontera y de paso entre dos pueblos: los Tahamíes, organizados en cacicazgos dispersos entre los ríos Porce y Magdalena, que controlaban las rutas de la sal y el oro, y los Nutabes, del cañón del Cauca, tejedores de algodón y orfebres. El caserío tampoco se llamó El Retiro al principio: se llamó El Guarzo, por las minas, y de ahí viene el gentilicio guarceño que oirá en la calle. El nombre actual nació del uso que le daban los mineros de las tierras bajas y calientes, que subían a este clima frío a retirarse a descansar. Empiece aquí y siga la cadena que ordena todo el recorrido: agua, oro, libertad, madera.
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Monumento a Javiera Londoño — El testamento de 1766
Póngase frente al monumento a Javiera Londoño y fíjese en que aquí se conmemora un documento, no una batalla. La fecha es el 11 de octubre de 1766 y el lugar de la firma fue Rionegro, entonces cabecera de la jurisdicción colonial. Javiera Londoño y su esposo Ignacio Castañeda, dueños de minas y sin descendencia directa, redactaron un testamento que otorgó la manumisión a unas 140 personas esclavizadas de las minas de El Guarzo. Bajo las Leyes de Indias y el Código Negro, esas personas eran jurídicamente un bien semoviente: se compraban, se vendían y se hipotecaban. Existían salidas individuales, como la coartación, es decir comprar la propia libertad, o la liberación por gracia en el lecho de muerte, pero eran gotas que no tocaban la estructura. Lo excepcional de este testamento fue lo que vino después de la libertad: la cesión de las minas más productivas y de terrenos adyacentes para vivienda y cultivo. Es decir, una reforma agraria implícita, la entrega de los medios de producción a los trabajadores. Por eso los libertos no se dispersaron ni cayeron en la indigencia: se quedaron y formaron el núcleo urbano que usted está pisando. El acto se adelantó 85 años a la ley de abolición de la esclavitud en Colombia, de 1851.
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Parque Santander — La ventana arrodillada
Elija una fachada del parque y busque una ventana que sobresalga del plano del muro, sostenida por abajo con ménsulas o canecillos de madera y protegida por una techumbre propia o por una prolongación del alero. Esa es la ventana arrodillada, el elemento más reconocible de la arquitectura de la colonización antioqueña tardía. El nombre viene de su ergonomía interior: el antepecho es bajo y a menudo llevaba un reclinatorio incorporado al muro, de modo que quien se asomaba tenía que sentarse bajo o arrodillarse. Funcionaba como una membrana entre la calle y la casa. Permitía participar de la vida de la plaza sin exponer el cuerpo entero, y las celosías y calados controlaban el ángulo de visión lateral. Casi todo lo que ve alrededor es republicano, no colonial: entre 1880 y 1930 las élites locales renovaron el pueblo con un lenguaje neoclásico y ecléctico. Como aquí no hay canteras de piedra pero sí bosques, las cornisas, molduras y pilastras que en Europa se labraban en mármol se tradujeron a maderas nativas, sobre todo Comino Crespo y Abarco. Acérquese a las ménsulas: no son simples soportes, están talladas con motivos fitomorfos, hojas de acanto y flores locales. Ahí empieza a verse el gremio de ebanistas que hizo famoso a El Retiro.
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Parroquia del Rosario — El altar mayor tallado
Deje que los ojos se ajusten a la penumbra y camine hasta el presbiterio. El altar mayor es obra del maestro Rafael Botero y sus relieves no son molduras pegadas: son tallas hechas directamente sobre bloques de madera maciza. Después mire los confesionarios, con sus celosías caladas, y el púlpito. Casi todo el mobiliario litúrgico de esta iglesia salió de talleres del pueblo, y por eso se la considera el muestrario de ebanistería más importante de Colombia. La técnica se llama carpintería de lo blanco, un término que viene de la España mudéjar y designa el trabajo de la madera sin policromar, donde el protagonismo lo tienen la geometría y el ensamble, no la pintura. Acérquese a una unión y busque un clavo: no lo encontrará. Todo está resuelto con caja y espiga, colas de milano y empalmes invisibles, y eso no es coquetería sino física. En un clima de montaña con oscilaciones fuertes de humedad, la madera se expande y se contrae; una unión metálica rígida habría abierto grietas en pocos años, mientras que el ensamble deja que la pieza respire y se mueva sin colapsar. Rafael Botero leía planos y diseñaba piezas que competían con el mobiliario importado, y su taller funcionó como una academia informal que estandarizó la calidad de todo el municipio.
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Parroquia del Rosario — La cúpula y los evangelistas
Levante la cabeza. En las pechinas, es decir en los cuatro triángulos curvos que hay entre los arcos, están representados los evangelistas. No son solo catequesis: visualmente resuelven el salto entre la planta cuadrada del crucero y el anillo circular de la cúpula, una solución clásica del Renacimiento ejecutada aquí con técnica vernácula y armaduras de madera, lo que exige un cálculo fino de distribución de cargas para sostener una semiesfera de ese peso. La elección de las maderas tampoco fue casual. En cúpula y artesonados se usaron Cedro Negro, Juglans neotropica, y Pino Romerón, porque la madera es un material celular lleno de cavidades de aire y se comporta como un resonador selectivo: absorbe los agudos molestos y refuerza medias y graves, exactamente lo que necesita la oratoria sacra y el canto coral. Hable en voz baja y compruébelo. Hay un detalle que conviene saber: el Comino Crespo que abunda en este templo está hoy en peligro crítico de extinción, de modo que la iglesia funciona como una reserva ex situ de la especie. Su grano ondulado refracta la luz y por eso la superficie parece dorada y tridimensional según dónde se pare usted.
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Capilla de San José — Tapia pisada de 1733
Mire el vano de la puerta de lado: el grosor del muro, entre 60 y 80 centímetros, le dice de qué está hecho este edificio. Es tapia pisada, y esta capilla, datada hacia 1733, es la construcción más antigua en pie de El Retiro. La técnica consiste en apisonar tierra húmeda, una mezcla de arcilla, arena y gravilla, dentro de un encofrado de madera móvil llamado tapial, que se va subiendo hilada a hilada. Para estabilizar la mezcla y resistir la erosión se le añadía cal y, según la crónica y la tradición oral de la época, a veces sangre animal o crin de caballo para aumentar la cohesión. Entre y note el cambio de temperatura: esos muros tienen una inercia térmica alta y amortiguan la onda térmica exterior, así que el interior se mantiene fresco de día y guarda calor en la noche fría de montaña. Ese microclima estable es la razón de que la imaginería colonial en madera y tela encolada haya sobrevivido aquí. En el altar está el Cristo de la Justicia, pieza afín a la Escuela Quiteña, con el dramatismo barroco a la vista: heridas profundas, sangre abundante, agonía extática. Ante esta imagen juraban los libertos, y eso convertía la manumisión en un pacto ante Dios, no solo ante un escribano, lo que blindaba la libertad frente a herederos y autoridades futuras.
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Capilla de San José — La Fiesta de los Negritos
Esta calle se llena entre el 26 y el 30 de diciembre. La Fiesta de los Negritos no es folclor inventado para el turismo: es el cumplimiento de una cláusula del testamento de 1766. Javiera Londoño puso una carga a la libertad que concedía, la celebración anual de una misa y de festejos en honor a la Virgen y por su alma, y esa obligación lleva más de 250 años cumpliéndose sin interrupción. Con el tiempo, el rito obligatorio se convirtió en un carnaval de identidad. La costumbre de pintarse la cara con tizne, que hoy practican habitantes de todos los orígenes, funciona como un mecanismo de igualación: bajo la máscara del liberto se disuelven por unos días las jerarquías raciales y económicas de un municipio que demográficamente se blanqueó con las migraciones posteriores. El programa incluye alboradas, cabalgatas, la representación teatral de la familia Castañeda y la lectura del bando, que recrea el acto legal de manumisión, de modo que un documento notarial se vuelve teatro de calle. La música mezcla ritmos andinos con percusión de raíz africana: bambucos, pasillos y cumbias. Es una de las poquísimas fiestas de Colombia que celebra explícitamente un acto jurídico de derechos humanos.
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Casa Museo Guarceña — De la mina al mueble
Busque en las vitrinas dos cosas concretas: las herramientas y las libretas. Las herramientas cuentan la primera mitad de la historia. A finales del siglo XIX y comienzos del XX dejaron de ser hierro de fragua local y pasaron a ser instrumentos de precisión importados, cepillos metálicos Stanley de Estados Unidos y formones Peugeot Frères de Francia. Los aceros templados permitieron por fin trabajar con finura maderas de extrema dureza como el Comino Crespo y el Nazareno. Las libretas cuentan la segunda mitad. En los cuadernos de pedidos de Rafael Botero y sus contemporáneos hay bocetos con cotas milimétricas, cálculos de cubicaje y fórmulas químicas de barnices a base de goma laca y alcohol industrial. Eso ya no es carpintería rural, es profesionalización técnica. El contexto lo explica todo: cuando la minería de oro entró en crisis por los altos costos de extracción y la caída de los precios internacionales, El Retiro pudo haber quedado abandonado como tantos pueblos mineros, y en cambio los antiguos mineros y sus hijos se volcaron al bosque. Diseñaban muebles sin un solo clavo, resueltos con espiga y mortaja. El sistema de aprendiz, oficial y maestro hizo el resto, y el mueble de El Retiro se convirtió en marca de prestigio para las élites de Medellín y Bogotá.
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Hacienda Fizebad — Los reales de minas
Entre por el patio central empedrado y observe la planta: la casa se organiza en L o en U alrededor de ese patio, que es lo que ilumina y ventila todas las habitaciones. Los corredores perimetrales con chambranas no son adorno, son la zona de transición social de la casa y además protegen de la lluvia los muros de tapia y adobe. Camine hasta las pesebreras y el picadero: el caballo no era afición sino la única tecnología de transporte y supervisión posible en esta topografía. La hacienda se fundó en 1825, por Don Braulio Mejía y la marquesa Doña Sotera Lorenzana, y se llamó primero Los Salados, porque su función inicial estaba ligada a la explotación de fuentes de agua salada, un recurso escaso y vital en los Andes para conservar alimentos y para el ganado. El nombre Fizebad es posterior y se atribuye a Don Raimundo Hoyos; la hipótesis más sólida le da una raíz indo-persa, del gusto cosmopolita de la burguesía antioqueña de comienzos del siglo XX por los nombres exóticos. Estas tierras venían de un real de minas, el sistema por el cual la Corona concedía tierra y subsuelo a familias poderosas. En los años cincuenta la hacienda llegó a criar ovejas importadas para la industria textil, prueba de su constante reconversión productiva.
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Salto del Tequendamita — La geología del agua
Tiene delante una caída de unos 20 metros sobre la quebrada La Chuscala. El nombre es un diminutivo homenaje al monumental Salto del Tequendama de Cundinamarca, una costumbre muy colombiana de nombrar lo local por referencia a lo nacional icónico. Fíjese en la roca del cauce: es el mismo Batolito Antioqueño con el que empezó este recorrido, y su comportamiento hidrológico explica por qué el agua baja aquí limpia y constante en lugar de turbia y estacional. Esa constancia fue lo decisivo. En la minería de aluvión de los siglos XVIII y XIX el agua no era paisaje sino energía cinética: se canalizaba para derribar y lavar la tierra y separar el oro por densidad, lo que se conocía como minería de canalón o de monitor. Sin la abundancia hídrica del altiplano y sin pendientes pronunciadas como esta, la explotación a gran escala habría sido inviable, no habría habido minas que heredar en El Guarzo y no habría existido el testamento de 1766. Cierre el ciclo mirando el agua: alimenta el árbol, el árbol se vuelve ventana, y la ventana le permite a un pueblo libre mirar hacia afuera. Al salir, siga por la vía principal hacia los talleres de los maestros actuales.
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Calle de las ebanisterías — Los talleres de hoy
El recorrido termina donde la historia sigue ocurriendo. En El Retiro hay más de cien talleres de ebanistería y carpintería en actividad, repartidos por el casco urbano hasta el punto de que el pueblo se describe a sí mismo como el lugar con una carpintería en cada esquina. Camine despacio por esta vía y use el oído y el olfato antes que la vista: el zumbido de la sierra, el golpe seco del formón y el olor a viruta fresca marcan las puertas abiertas. Cuando se asome a una, busque tres cosas concretas. Primero, las uniones: si el mueble se arma con espiga y mortaja o con cola de milano y no con tornillos, está viendo la misma lógica constructiva del altar mayor de la parroquia. Segundo, la madera: pregunte cuál están usando y por qué, porque cada respuesta es una lección de botánica y de geografía local, del comino y el cedro de antes a las especies de reemplazo de hoy. Y tercero, quién enseñó a quién: el oficio se sigue transmitiendo por el sistema de aprendiz, oficial y maestro que sostuvo la economía del municipio cuando se acabó el oro. Esta es la última parada, y la única que se puede visitar cualquier día de la semana en horario de taller.
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